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Comparar mi cuerpo con estándares de belleza: una receta para el fracaso.

Comparar mi cuerpo con estándares de belleza: una receta para el fracaso.

En muchas revistas populares, e incluso, en algunos libros de salud y dietas, he leído sobre la técnica de pegar una foto en el espejo de cómo nos queremos ver. La técnica, consta en buscar en una revista, una foto de algún cuerpo que represente el ideal de cuerpo que quisiéramos tener. Después de encontrarla, debemos de pegarla en el espejo, para todos los días recordar nuestra meta y utilizarla como motivación.

 

Realmente me genera demasiado malestar que esta idea se difunda sin pensar en todo lo que puede generar en una persona.  Cada uno de nosotros, tiene una genética que determina en muchos aspectos, el tipo de cuerpo que vamos a ir desarrollando a lo largo de la niñez y la adolescencia. Algunos, tenemos cuerpos delgados más por la genética que por los hábitos, mientras que otros, tienen atributos llamativos como ser "culonas" o "tetonas", debido a que lo heredan de sus mamás o abuelas.

 

Estos factores, son parte de nuestro ADN, nacen con nosotros y van moldeando nuestros cuerpos a lo largo de nuestras vidas. Cada aspecto se va haciendo más evidente cuando entramos a la adolescencia y, al ser adultos, ya casi todas aprendemos a identificar de dónde vienen esas características. Algunas veces, celebramos aquellas “bendiciones” que recibimos de nuestra familia y otras, sentimos que la genética nos hizo una mala jugada.

 

Sin embargo, el punto final es que existen y que, o conciliamos con eso, o vamos a seguir en una batalla sin fin para toda la vida. Alto aquí. Eso no quiere decir, que tenemos que tener una actitud conformista sin buscar ser una mejor versión de nosotros mismos. Eso quiere decir, que tenemos que entender que hay factores que van más allá de nuestros hábitos y de las decisiones que tomamos día a día.

 

¿Entonces qué hacemos? El primer paso es identificar cuáles son esos rasgos y entender y aceptar, que probablemente van a estar con nosotros hasta que envejezcamos, al menos de que se esté decidida a intervenir de manera más drástica (que es totalmente aceptable si es algo que se desea mucho).

 

Después de aceptar que tenemos predisposiciones genéticas, entra el bendito juego de la foto. Sin embargo, NO se va a buscar en revistas ni en internet. La foto tiene que ser NUESTRA, de algún momento de nuestras vidas en que físicamente nos veíamos de una manera en que nos sentíamos cómodas y seguras. Al usarnos a nosotras mismas como “objetivo”, sabemos que son metas alcanzables y que si antes pudimos hacerlo, también podemos hacerlo ahora. OJO!! Es importante identificar si ese objetivo lo logramos de manera saludable. Si fue así, bienvenidas sean a repetirlo. Si no fue así, es mejor que esa no sea la foto que escojamos, porque estaríamos fomentando el retomar hábitos que no pudimos mantener a lo largo del tiempo y que además, nos van a generar más daños que beneficios.

 

Finalmente, el último objetivo y para mí, el que más importa, es NO COMPARARNOS. Cada cuerpo es un mundo. Los objetivos de cada persona tienen que adaptarse a su realidad, no solamente a su genética y a sus cuerpos, sino también al tipo de ejercicio que realizan, al tiempo que tienen para dedicarle a este ejercicio, sus hábitos, sus preferencias alimenticias y sus creencias. También es esencial la etapa de la vida, que determina de tantas maneras la manera en que nos alimentamos y en que cuidamos nuestros cuerpos.

 

Solamente cada persona, conociendo su contexto, sus habilidades, sus debilidades y su genética, puede determinar cuál es el punto en el que se siente cómoda con su cuerpo. Es un proceso personal, que no debería de estar influenciado por las metas de nuestras amigas, por las actrices que vemos en la televisión o por las dietas de moda. Ponernos como meta el lograr el cuerpo de otra persona, es el primer paso para el fracaso.